Fobos es la personificación del miedo en la mitología griega.
¿Te resulta familiar la sensación de cansancio constante para el que, aparentemente, no hay razones evidentes? Quizás tienes arrebatos de ira por pequeñeces. ¿No puedes dejar de monitorizar las noticias? ¿Te desvelas irritado hasta altas horas de la noche sin poder detener el flujo incesante de pensamientos sobre la familia, el trabajo o el simple hecho de que no logras dormir? Si es así, detrás de estos síntomas puede ocultarse un enemigo silencioso: la hipervigilancia.
La hipervigilancia es un estado de mayor atención o alerta en respuesta a posibles amenazas en el entorno. En general, es un mecanismo psíquico importante que ayuda a sobrevivir. Gracias a él somos capaces de detectar una amenaza a tiempo y protegernos en situaciones de peligro. En circunstancias normales, nos ayuda a orientarnos en condiciones nuevas y desconocidas. Sin embargo, a veces la hipervigilancia se vuelve excesiva e infundada. ¿Cómo puede manifestarse?
Una de las manifestaciones más graves de la hipervigilancia son los flashbacks en el trastorno de estrés postraumático. Imaginemos la situación de un veterano de guerra que sufre un flashback durante un desfile en la calle. De repente siente como si se transportara de vuelta a la zona de combate. Todo su cuerpo se tensa y se prepara para luchar por su vida. Los sonidos de los fuegos artificiales, los tambores y los gritos fuertes le parecen disparos y explosiones. Su corazón comienza a latir rápidamente, la respiración se acelera y puede intentar agacharse o huir, ya que percibe amenazas a su alrededor aunque en realidad no las haya. La hipervigilancia durante un flashback puede generar dificultades significativas, ya que la persona no puede controlar su reacción ante estímulos habituales. Esto puede derivar en situaciones en las que la persona se siente vulnerable, tensa e indefensa incluso en un entorno seguro.
Por supuesto, en circunstancias normales la hipervigilancia puede ser menos pronunciada. Pero cuando estamos cansados o excesivamente preocupados, más de una vez nos hemos sobresaltado ante un ruido inesperado.
La hipervigilancia está relacionada con el refuerzo de los mecanismos de defensa básicos ante el estrés: lucha, huye o paralízate. En ocasiones, este estado se entiende precisamente como cualquier activación del sistema nervioso asociada a la ansiedad. Esto conlleva una mayor atención y disposición para reaccionar ante estímulos reales o imaginados del entorno. Los problemas surgen cuando las expectativas de amenaza superan con creces las reacciones ante el peligro real.
De hecho, puede que ni siquiera te des cuenta de cómo la hipervigilancia va agotando gradualmente tus fuerzas. Además del cansancio crónico, la dispersión y la falta de motivación, la forma disfuncional de hipervigilancia puede provocar trastornos de ansiedad, alteraciones del sueño y depresión.
Así como existe la necesidad de gestionar inteligentemente las finanzas, también existe la de aprender a distribuir eficazmente la atención psíquica. Al igual que cualquier recurso, nuestro organismo tiene reservas limitadas que pueden tanto reponerse como gastarse. A esto se le llama el «presupuesto» del cuerpo. Elegir una alimentación saludable, la actividad física regular, el descanso y la ausencia de hábitos nocivos pueden nutrir el «presupuesto» de tu cuerpo. El estrés, la sobrecarga, el aislamiento social y las emociones negativas, por el contrario, lo agotan. Del mismo modo que una gestión eficaz del dinero puede garantizar la estabilidad financiera, un «presupuesto» corporal eficaz puede ayudar a preservar y mejorar tu salud física y mental. Saber dirigir la atención hacia lo importante ayuda a distribuir racionalmente los recursos psíquicos y fisiológicos.
Las manifestaciones de hipervigilancia son siempre un intento de obtener control sobre el entorno. Por eso, cuando son excesivamente pronunciadas, podemos revisar el feed de noticias hasta 5 horas al día o anticipar constantemente los comentarios del jefe. De este modo, el cerebro intenta reducir el nivel de tensión tratando de obtener más información sobre la amenaza. Intentamos prever un futuro negativo para estar preparados para hacerle frente. Sin embargo, gastamos en vano todo el «presupuesto» del cuerpo en prepararnos para posibles eventos desagradables, y nos faltan recursos para los problemas reales. Así pues, no ganamos, sino que perdemos el control sobre nuestra vida.
Permanecer constantemente en un estado de hipervigilancia puede agotar el organismo y llevar a la pérdida de los recursos necesarios. La consecuencia de esto es el riesgo de desarrollar trastornos. La tensión prolongada en ausencia de señales de amenaza puede llevar a que cualquier señal similar sea percibida como una amenaza potencial.
Es importante reconocer a tiempo las manifestaciones de hipervigilancia. Precisamente tomar conciencia de hacia dónde diriges tu atención con mayor frecuencia es el primer paso para aprender a gestionar este estado.
La hipervigilancia adopta diversas formas: pensamientos ansiosos sobre cuán peligrosas pueden volverse las cosas; sensaciones de miedo o pavor; síntomas físicos (como la sudoración) que hacen parecer que algo terrible está a punto de ocurrir; dificultad para concentrarse en las tareas cotidianas en el trabajo o los estudios, ya que la mente regresa constantemente al análisis de posibles peligros; sensación de tensión constante o bajo estado de ánimo, incluso cuando aún no ha ocurrido nada malo. El resultado de la hipervigilancia crónica son síntomas fisiológicos y psicológicos.
En presencia de hipervigilancia, escaneamos constantemente el entorno en busca de peligros. El cerebro dedica esfuerzos a monitorizar todos los cambios del entorno y analizar si pueden causarnos daño. En lugar de prestar atención a todos los estímulos a nuestro alrededor, nos concentramos en los potencialmente peligrosos. Así, perdemos la oportunidad de notar lo que puede beneficiarnos o agradarnos, porque simplemente no queda recurso para ello.
Durante nuestra prueba, Anima determina cómo reaccionaste ante imágenes asociadas al peligro a nivel biológico. Por supuesto, todos reaccionaremos ante estas imágenes de forma diferente, pero lo importante es si te interesa explorar también otros estímulos nuevos: imágenes que no evocan amenaza. Con una hipervigilancia constructiva, nos importa explorar toda la información nueva que podemos obtener. En la prueba de Anima, estas son imágenes con una carga emocional positiva o neutra.
Comprender la hipervigilancia ayuda a evaluar mejor cómo hacer frente al estrés y la ansiedad. Y al mismo tiempo, mantener un equilibrio óptimo entre el control atencional y la respuesta a los estímulos externos.
En el camino hacia la recuperación del equilibrio, considera todos los consejos y prácticas universales propuestos anteriormente. Recuerda que no solo importa cómo lo haces, sino también cuándo. Es importante entender que tu organismo es un mecanismo complejo que tiene su propio ritmo y necesidades. Así como medir la tensión arterial, entrenar el autoconocimiento puede ser útil para implementar acciones oportunas y pertinentes. Aprende a sentir cuándo necesitas relajarte y cuándo concentrarte.
Por supuesto, el primer paso en la lucha es reconocer que algo no va bien. Puedes identificar las manifestaciones de hipervigilancia con ayuda de Anima. Nuestra prueba está diseñada para que puedas descubrir si tienes manifestaciones de hipervigilancia, si pueden afectarte de forma destructiva y cómo cambia la reacción del organismo ante la amenaza en función de tu estado actual. Usando Anima, tienes la oportunidad de comprender más profundamente las manifestaciones de este estado y sus posibles consecuencias. Si la hipervigilancia es difícil de controlar y afecta a tu calidad de vida, considera la posibilidad de acudir a un psicólogo o psiquiatra. El apoyo profesional puede ser muy oportuno.
Nuestra prueba es una brújula hacia la salud y el equilibrio interior. Recuerda que la detección temprana de la hipervigilancia y la adopción de las medidas correspondientes pueden ayudarte a reducir el estrés, mejorar tu bienestar y favorecer una percepción más abierta del mundo que te rodea.